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Dimecres, 01 Març 2017 19:18

Espiritualidad, religión y mística

Written by  Jordi Sapés
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Decía Antonio Blay que la espiritualidad es la experiencia del espíritu. Posiblemente sea esta experiencia lo que define los primeros años de nuestra infancia porque de hecho estamos buscamos la felicidad, el sentido y la seguridad que experimentamos cuando todavía no nos habían desconectado del fondo. Si no hubiéramos vivido esta experiencia no tendríamos demanda alguna de estas cosas, porque nadie desea algo que desconoce y menos todavía, si no es material y tangible. Por otro lado, decimos que, en sus primeros años, el niño no se diferencia de la madre ni se tiene a sí mismo por algo separado del entorno: señal de que tiene otro punto de referencia de sí distinto de su cuerpo.


Más tarde, de forma progresiva, el entorno nos enseña a identificarnos primero con el cuerpo que tenemos y más adelante nos obliga a confundirnos con nuestras posesiones y a olvidarnos por completo de nosotros mismos. Nos identificamos con el cuerpo, los conocimientos, las relaciones y el poder que conseguimos y nos olvidamos de nuestra identidad esencial que permanece en el inconsciente como algo inútil. En el mejor de los casos, asoma la cabeza cada vez que atravesamos alguna situación crítica: cuando  el recurso a lo material parece imposible o inútil.


Así que la posibilidad de redescubrir este yo oculto es algo directamente relacionado con la espiritualidad, porque se refiere al sujeto y no a sus posesiones. Suponiendo que nuestro inventario intelectual incluya ideas religiosas o descripciones trascendentes de la realidad, tampoco podremos identificarnos con ellas porque las tenemos, no las somos; no podemos confundirnos con una supuesta alma porque esta sería una pertenencia más.


Sin embargo, las ideas señalan determinados aspectos de la realidad, incluso cuando se utilizan para criticarla. Lo único verdaderamente negativo para el intelecto es la ignorancia, el desconocimiento, porque imposibilita el interés, incluso en este grado incipiente que llamamos curiosidad. Con el pretexto de evitar adoctrinamientos, se han excluido de la enseñanza la ideología, la religión y la filosofía, y esto ha dejado sin alimento al sector de la mente que contemplaba lo que llamamos niveles superiores de conciencia. Antes el Ser nos hablaba a través de doctrinas, rituales y normas morales: es lo que conocemos como religión; y ahora está reclamando nuestra atención por medio de tragedias, guerras, terrorismo, injusticia y falta de horizontes.


En cualquier caso, el Ser está ahí y se revela en el misterio de la existencia; un misterio que sigue llamando a la puerta de las mentes sensibles. Es verdad que la ciencia proporciona algunas respuestas pero la técnica sólo fortalece la mecanicidad; así que la falta de sentido de la existencia nos conduce paradójicamente a intentar vivirla de una manera más profunda. Y ahí aparece la mística.


La mística es la experiencia que las religiones intentan señalar. Religiones hay muchas y cada una describe el camino hacia lo superior de acuerdo con la matriz cultural que las contiene, pero es imposible diferenciar las vivencias místicas de cada religión porque todas coinciden. Y son exactamente iguales a las de aquellos que, procedentes del agnosticismo, han hecho un esfuerzo para profundizar en su realidad sin haberse adscrito a religión alguna. Así que en la mística nos encontramos todos; y nos encontramos en el nivel de conciencia más elevado que le resulta posible al ser humano en este plano terrenal.


Este nivel de conciencia permite iluminar la vida cotidiana desde lo Superior; así que ahí está el futuro de una humanidad que en estos momentos parece totalmente desorientada. El punto de referencia que puede resituar a la sociedad tiene que dejar de referirse a las cosas para atender a las personas, no como cuerpos sino como espíritu. Y de la misma manera que el hambre no se satisface obligatoriamente con determinados alimentos el espíritu tampoco prefiere unas creencias a otras; aunque precisa que le prestemos atención. Y claro, no se presta atención al espíritu hablando exclusivamente de comida.


Pero tampoco se puede atender al espíritu olvidándonos de ella. Cuando proponemos el ejercicio de despertar, tenemos que resaltar siempre que la conciencia de nuestra presencia se añade a la conciencia del exterior, no la sustituye. Esta presencia no solo permite mantener la atención en nuestras tareas habituales sino que garantiza que las realicemos con especial eficacia y equilibrio; porque el hecho de tenernos resueltos a nosotros mismos nos libra de la necesidad de impresionar a nadie o de buscar reconocimiento en el exterior; nos pone al servicio del Ser que se manifiesta en nosotros y fuera de nosotros, nos hace sencillos, dispuestos a echar una mano para mejorar aquello en lo que intervenimos. Y consideramos esta oportunidad un privilegio, no un castigo.


La mística no es evadirnos de la realidad sino todo lo contrario, es estar especialmente presentes en ella, conscientes de la totalidad que somos existencialmente. La totalidad incluye lo material y lo espiritual, nos incluye a nosotros y a los demás, incluye nuestra visión occidental y la de otras culturas. Incluye el placer y el sufrimiento, la justicia y la injusticia, la solidaridad y el egoísmo. Nosotros no somos ajenos a nada de todo esto: existencialmente somos el resultado de todo esto. Y esencialmente somos la Luz y el Amor que se expresa por medio de nosotros cuando estamos implicados en ello con toda nuestra conciencia.  

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