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lundi, 10 novembre 2014 10:14

Oseira. Un puente hacia Dios.

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Un año más, y siempre hasta ahora coincidiendo con la festividad de todos los Santos, Oseira nos ha acogido durante cinco días de retiro. Aún con los salmos resonando en los oídos quisiera hacer un breve bosquejo de este retiro que sirva de información concisa a los neófitos y para compartir experiencias con los ya versados.

El objetivo que nos llevó allí era el mismo de cada año, aunque no por ello menos ambicioso: tener una vivencia directa de los niveles superiores de conciencia, y de Dios. Un objetivo en línea con el Trabajo que proponemos tanto en el fondo (descubrir lo que somos, en toda su extensión, y vivir en base a ello), como en la forma, orientada hacia una experimentación práctica porque, como decía Blay, si una realidad no es operativa en nuestra vida, no es realidad para nosotros.

Oseira, como siempre, fue un magnífico anfitrión. Sus paredes siguen destilando una energía orientada hacia lo superior, sin duda alimentada liturgia a liturgia por el celo y la devoción de los monjes, una energía y una fuerza perfectamente reconocible no ya por los que llevamos varios años disfrutando de ellas, sino también por los huéspedes noveles.

Los monjes, por su parte nos atendieron en todo momento con su calidez habitual, y su simpatía hacia nosotros sigue creciendo sin aparente límite. Se hace difícil describir con palabras la relación, la comunión, que hemos establecido con esa comunidad; sólo nos queda seguir disfrutándola en cada retiro con una gran sonrisa en el alma.

Pero la hospitalidad de los monjes y el ambiente sereno y tranquilo del monasterio no ocultan el esfuerzo consustancial a este seminario, que abarca el trabajo previo iniciado septiembre, el desplazamiento hasta Oseira (más de mil quilómetros para algunos), y el propio ritmo que se imprime en todo el taller, ya que a las cuatro y veinte de la mañana se entra en el coro para la primera liturgia, vigilias, y eso teniendo en cuenta que el día anterior en el mejor de los casos has salido de él a las nueve de la noche, después de completas. Además, durante el día cada hora aporta su afán, porque las liturgias se compaginaban con charlas de profundización y centramientos guiados.

En este aspecto es importante destacar algo que en principio puede sonar extraño, si no contradictorio, y es la relación que hay entre este trabajo intenso y la consecución del objetivo principal fijado en este taller, porque el sacrificio que la personalidad ha de hacer (y ya no digamos el personaje si es que aún corre por ahí) poniendo el despertador cada día a una hora podríamos decir que bastante intempestiva con el fin de pasarse tres cuartos de hora cantando salmos y después mantener el silencio con el que finalizan las vigilias es, precisamente, lo que nos pone en la disposición adecuada para tomar contacto con estos niveles superiores y acceder a esta presencia de Dios en todo, y por tanto también en nosotros, que puede adoptar diversas formas, intensidades o matices, pero que tiene un sello inconfundible y que, entre otras cosas, procura un estado interior que hace llevaderos estos horarios, estado interior que los monjes sin duda conocen, sobre todo teniendo en cuenta que estos horarios son para ellos una constante los 365 días del año.

Unos días pues, con una dinámica muy particular, y en los que se cumple otra máxima del Trabajo: cuando nos despojamos de apetencias, deseos y juicios entonces, y sólo entonces, quedamos nosotros en nuestra inmensidad.

 

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