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Luns, 02 Novembro 2015 09:52

Los milagros y la fe

Written by  Jordi Sapés
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Uno de las actividades que se cuentan de la vida de Jesús en los evangelios es la afición que tenía por curar a los paralíticos. Siempre que tenía ocasión de interpelar a un paralítico, le decía: “levántate y anda”; y cuando el milagro se producía, añadía: “tu fe te ha salvado”. Yo siempre había entendido que la fe consistía en creer que Jesús le podía curar; pero con el tiempo, he visto que el verdadero milagro consiste en que el paralítico considere posible su curación. Porque, lo más normal, es que si le dices a un paralítico que se levante, este te responda indignado: “¿pero qué dices?, ¿qué no ves que soy paralítico?”. Seguramente que hubo muchos que respondieron así, y estos no aparecen en los evangelios.

El milagro se produce cuando los paralíticos se atreven a creer en sí mismos y en su capacidad de levantarse por encima de unas limitaciones que pensaban tener y que, a la postre se demuestra que no son reales. Lo que hace Jesús es transmitirles la fe en sí mismos y en su capacidad para trascender las limitaciones a las que se habían acostumbrado.

Porque claro, también tiene sus ventajas ser paralítico: vives fatal, pero no has de hacer nada y siempre hay alguien que se compadece de ti y te echa una moneda. En cambio la fe exige un esfuerzo superior al ordinario y no todo el mundo está dispuesto a realizarlo.

Otra cosa que hace Jesús con los paralíticos que levanta es perdonarles los pecados. Esto es importante porque él paralítico es paralítico a causa de sus pecados y, si no se le perdonan, vuelve a paralizarse al poco tiempo.

También aquí suele haber confusión: mucha gente interpreta que el paralítico lo es porque Dios le ha castigado por sus pecados, pero es absurdo que Dios lo castigue por un lado y lo cure por otro. El pecado es la desorientación, la falta de orden mental, el no tener claro qué cosas son fundamentales  y cuáles accesorias. La parálisis que produce esta desorientación no es tanto de estar inmóvil como de dar vueltas en un círculo vicioso que no tiene salida: siempre los mismos problemas y siempre la misma imposibilidad de superarlos. Hasta que uno acaba considerando la propia vida como un problema y el hecho de vivir como una condena.

Claro, para ver dónde está el error, primero hay que levantarse por encima de los pensamientos habituales y cuestionarlos. Mirarlos con lupa y observar en qué acciones contraproducentes y en qué omisiones pusilánimes o irresponsables se traducen. Y esto se hace desde un nivel de conciencia superior, simbolizado aquí por Jesús; que además de amor, también es verdad y vida.

Y para hacer eso, también se requiere fe en la capacidad de ver y reconocer el error que hay en uno mismo. El gran enemigo de la fe es el dicho: mejor malo conocido que bueno por conocer; es el miedo a perder la poca seguridad que tenemos para abrirnos a la Realidad que somos. Atrevernos es el verdadero milagro. 

 

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