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Domingo, 31 Marzo 2019 18:13

El objetivo de la vida y dónde hay que buscarlo

Written by  Marga Martín
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Por la observación aparece bastante claro que el sentido de la vida en su aspecto interno es llegar a una plenitud de conciencia, sea de un modo u otro, y en su aspecto externo, es expresar esa plenitud de conciencia a través de una plenitud de forma; aunque la expresión de la vida a través de las formas tiene siempre un carácter accidental y efímero, pues las formas son simplemente eso, una expresión, una manifestación.

Solamente cuando se vive la vida en su misma fuente, allí de donde brotan todas las formas, es cuando se percibe que es más completa, más llena en sí misma. La vida no tiene sentido por el hecho de dirigirse hacia un lugar determinado. Muchas veces nos preguntamos: ¿cuál es nuestro fin?, ¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿a dónde iremos a parar?, como si el lugar hacia el que nos dirigimos nos pudiese dar por sí solo el verdadero sentido de nuestra vida actual.

El verdadero sentido de la vida no está en el término de ella, sino en el instante presente, detrás de todas las necesidades, de todas las leyes y de todas las manifestaciones de la vida misma. No hemos de apoyarnos en el futuro ni en el pasado para descubrir el sentido que pueda tener nuestra vida, puesto que el pasado y el futuro sólo son imágenes en nuestra mente y sólo el presente tiene plena realidad. La verdad de nuestra vida la hemos de descubrir ahondando en el presente.
  
Este ahondar en el presente es realmente lo único que nos permitirá llegar al fondo, a la fuente misma de la vida, más allá del tiempo y del espacio, más allá del pasado y del futuro, más allá de toda manifestación concreta. Allí es donde encontraremos lo único que da un significado pleno y total a cada uno de los instantes y a cada una de las formas a través de las cuales se va manifestando la vida.
  
Las formas, lo exterior, nos puede dar una cierta satisfacción y plenitud, pero será siempre de un modo muy relativo. Puedo comer mucho de lo que más me agrade, y sentirme muy satisfecho. Pero llega un momento en que ya no puedo comer más, mi apetito tiene un límite y comer más me causa repugnancia. Para mí es ya un mal.
  
Lo mismo que ocurre con ese ejemplo, sucede absolutamente con todas las cosas externas que dan plenitud, porque la procuran no a nuestra conciencia profunda, sino a nuestros mecanismos, a nuestras formas. Puedo llegar a acumular muchos datos, tener muchos conocimientos científicos y cada vez que voy adquiriendo más me siento más satisfecho, si mi tónica personal me induce al desarrollo mental, pero llegará un momento en que me daré cuenta que esto no puede darme la plenitud, porque ésta no se obtiene con la cantidad sino que es una cuestión de profundidad, consiste en llegar al centro, y la acumulación nunca conduce al centro.
  
En el afecto ocurre exactamente igual. Hay muchas personas, la gran mayoría, que toda la vida se la pasan amando mucho y sufriendo mucho por ello sin llegar nunca a la plenitud. ¿Por qué?, porque algo hay en esas personas que les impide que su afecto les sirva de camino que las conduzca al centro. Tienen momentos plenos, apasionados, exaltados, magníficos, pero les sucede lo que expusimos en el ejemplo de comer, aunque en otro plano superior.
  
Se consigue así la satisfacción de algunos niveles de nuestra estructura humana: la del nivel biológico, por ejemplo, a través de los alimentos y de las sensaciones agradables, la del nivel afectivo a través de sentimientos y emociones de cariño. Y aunque el hombre precisa de estas cosas y su uso es normal y legítimo, no obstante, no llegan a producir en él una plenitud auténtica, estable, profunda, porque suelen utilizarse solamente para satisfacer unos mecanismos, para llenarlos y saturarlos como si fuera a presión. Y así no se puede alcanzar la plenitud verdadera. Porque la plenitud verdadera no es la que sacia los mecanismos, sino la que a través de ellos nos conduce hasta el centro mismo que los anima y sustenta.
  
Nuestra vida es un proceso centrífugo, va constantemente del centro a la periferia, y toda explicación de lo que ocurre en la periferia la hemos de buscar en el centro. El no darnos cuenta de esta verdad es la causa de que no encontremos la verdadera plenitud y felicidad. Es un problema que radica en nuestra pequeñez mental que nos impide tener una visión del conjunto. En la medida que nuestra mente, a causa de su cortedad de visión, se fija límites y objetivos estrechos no puede lograr más que satisfacciones momentáneas que, además, prontamente le producen una saciedad y le obligan a buscar nuevos estímulos y objetivos. Porque al fin y al cabo ninguno de estos pequeños objetivos es el auténtico, sino sólo aspectos parciales de la plenitud central que buscamos y que en el fondo es la que nos motiva y nos empuja.
 
Nuestro problema reside en que por una parte ya existe en nosotros esa fuerza, esa realidad, que es la que nos impulsa a buscar la plenitud total; pero por otra parte no hemos desarrollado suficientemente nuestros mecanismos, de modo que no podemos captar ni expresar toda la amplitud, toda la fuerza y todo el contenido de nuestra realidad central. En consecuencia sólo vivimos y nos preocupamos por la consecución de cosas pequeñas y parciales, y por lo tanto, las satisfacciones que nos puede dar la consecución de esos objetivos pequeños se limita a unas felicidades también parciales. Parece como si el conseguir la plenitud estuviera subordinado a la calidad y a la capacidad de nuestros mecanismos. Si nuestra mente es pequeña no puede intuir ni ver un objetivo mayor. Si nuestra afectividad es reducida no puede asimilar un afecto más amplio, más profundo. Y no obstante sentimos ansias de algo más, porque de lo contrario no nos sentiríamos insatisfechos. El problema de la angustia, del malestar, el problema de que la vida sea todavía un valle de lágrimas como se dice, no consiste más que en este hecho de que algo en nosotros anda mal, algo está encogido y nos impide funcionar a pleno rendimiento. Porque no hay duda de que en todos nosotros existe la posibilidad de llegar a realizar esa plenitud porque ella no es algo que hayamos de conseguir mediante la asimilación o adquisición de cosas exteriores, sino que ha de ser el resultado de la toma de conciencia, de la apertura total de nuestras facultades, de nuestros mecanismos mentales, a lo que es nuestra propia fuente de vida, a lo que constituye nuestro centro.
  
En el momento en que podamos sintonizar y abrirnos a esta fuente central de vida, nuestra mente se aclarará con una intuición permanente, constante del sentido de la vida y de las cosas; y nuestra afectividad vivirá en un estado de plenitud consecuente a esta conciencia de unidad que está detrás de todas las formas separadas y nuestra vida recibirá directamente, sin distorsiones, todo el empuje y toda la energía que brota de esa fuente profunda interior. Encontramos aquí, por lo tanto, el camino que nos conduce a la plenitud.
  
  
Antonio Blay
PLENITUD EN LA VIDA COTIDIANA
Caminos y senderos hacia la autorrealización humana
Segunda edición. 1981

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3 comments

  • Comment Link Luns, 29 Abril 2019 19:03 posted by Imanol

    Estupendo texto; Blay siempre apuntando al centro; insiste una y otra vez que sintonizar con la fuente central de todo; es el sentido fundamental de la vida.

    Muchas gracias Marga.

  • Comment Link Luns, 22 Abril 2019 20:21 posted by Carlos

    Gracias Marga por traernos este texto de Blay. Siempre nos está insistiendo en lo mismo: Ya somos, no tenemos que llegar a ser. Pero no somos conscientes de eso . Porque nos vivimos lejos de la plenitud que somos, que no está en el exterior sino en el centro. Pero cómo llegar a esa plenitud. Para eso está ADCA, para todos los que quieran acercarse a este camino.

  • Comment Link Domingo, 21 Abril 2019 10:08 posted by Javier

    Gracias Marga por el artículo. Blay sublime, como siempre.
    A veces nos parece que el no-tiempo llegará después del tiempo. Sin embargo, este ahondamiento en el ahora del que habla Blay requiere la comprensión de que el tiempo no es más que un revestimiento efímero de lo eterno o, dicho de otra forma, de que lo intemporal está dentro del tiempo, no fuera. Así lo buscado y el que busca son idénticos en el momento presente y la conciencia de ello hace que aparezca esa sensación de que, cada vez que ves el color rojo, lo ves plenamente por primera vez, cada vez que te acaricia el viento, te acaricia plenamente por primera vez…

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